500 años de la primera vuelta al mundo: el inverosímil viaje de Magallanes

Si hablamos de viajes heroicos, el de Amstrong a la Luna y el de Colón hasta América suelen ser los más y mejor conocidos por opinión la popular. Sin embargo, ¿quiénes fueron los primeros en dar una vuelta completa al globo terrestre? La respuesta es la expedición Magallanes-Elcano. De aquella odisea hace ahora, concretamente, 500 años.

El 20 de septiembre de 1419 cinco naos partieron de Sanlúcar de Barrameda con la intención de hallar en Sudamérica un paso que conectase, por el sur, el océano atlántico con el pacífico. La Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago serán los nombres de las embarcaciones. A la cabeza de todas ellas, Fernando de Magallanes, un marino de origen portugués.

¿Los resultados de tal viaje? Muchísimos: la primera circunnavegación a la Tierra, más de 3 años de travesía, nuevos territorios y pueblos descubiertos, enfermedades, hambre, frío, muertes y un salvaje y baldío estrecho recorrido por vez primera, un estrecho que, como se esperaba, era el paso que unía el bravo Océano Atlántico con el calmo y cálido Pacífico.

Una carrera por el dominio del globo

A comienzos del siglo XVI las coronas de España y Portugal se repartían el dominio del mundo. El Tratado de Tordesillas, firmado en 1494, establecía los radios de acción de ambas potencias respecto a los nuevos territorios descubiertos y los que aún estaban por descubrir.

El recorrido realizado por la expedición (Fuente: larendija.es)

Entre todo este lío de divisiones territoriales destacaba, sobre todo, un conflicto: la propiedad de las Islas Molucas (un archipiélago de la actual Indonesia), conocidas por aquel entonces como islas de las Especias. “En aquellos parajes lejanos y seductores, Europa se abastecía de telas, sedas, perlas, porcelanas, tapices, perfumes y, principalmente, especias: el deseo obsesivo de Occidente”, escribe el periodista argentino Gabriel Sánchez Sorondo en su libro Magallanes y Elcano, travesía al fin del mundo. En concreto, las especias que interesaban a los europeos eran la canela, el clavo, la nuez moscada, la pimienta, el jengibre, el azafrán y el cardamomo. Aquellos productos eran un lujo tan valioso como el oro o las piedras preciosas.

Los límites geográficos establecidos en el Tratado de Tordesillas no estaban del todo claros. Existían dudas sobre si las Islas Molucas pertenecían a españoles o a portugueses. De todas formas, España tenía un problema: sólo se conocía una ruta para llegar hasta ellas, una ruta que atravesaba la costa occidental de África y el Océano Índico, todos ellos territorios de dominio luso.

No había forma posible de alcanzar las islas de las Especias sin navegar por terreno portugués. Esto era un problema, y Magallanes se ofrecerá para solucionarlo. Su plan era el siguiente: alcanzar las Molucas navegando hacia el oeste en vez de hacia el este, lo que incluía hallar un paso de mar que atravesara América del Sur hasta acceder a un nuevo océano, el Pacífico, un lugar por aquel entonces todavía inexplorado.

El viaje de Fernando de Magallanes

Después de haber sido rechazado por la corona portuguesa, Fernando de Magallanes convence al rey español Carlos I para que apoye su plan. Eso sí, no sin despertar los recelos de algunos nobles españoles, que lo miran con malos ojos debido a su nacionalidad portuguesa.

El día 20 de septiembre de 1519 salen de la costa de Sanlúcar de Barrameda cinco naos con 265 tripulantes. Entre todos ellos hemos de destacar la figura de Antonio Pigafetta, un joven noble italiano cuya principal misión durante el viaje será la de escribir de su puño y letra un diario de a bordo, un testimonio que posteriormente será clave para conocer la historia de aquella aventura. “Pigafetta es joven, fuerte, rico. Eligió ser marinero y cronista. Su relato del viaje, que empezó con Magallanes y terminó con Elcano, es la principal fuente de información al respecto y, además, un texto vitalista”, escribe Sánchez Sorondo en su libro.

Sevilla en tiempos de Magallanes (imagen realizada por el artista Arturo Redondo)

Seis días más tarde, el 26, la expedición llega a Tenerife, donde aprovechan para sumar provisiones y coger impulso gracias a la fuerza de los vientos. Durante los primeros días de viaje, Magallanes, a bordo de la Trinidad, ya impone su liderazgo sobre el resto de capitanes españoles, que dirigen las cuatro naos restantes. “Magallanes tiene adversarios en el mando, concretamente el resto de capitanes, que son todos españoles”, argumenta el antropólogo José N. de la Fuente en el documental La conquista del mundo emitido por Televisión Española.

Tras dos meses de navegación, Magallanes bordea América del Sur. El 13 de diciembre las naos llegan a Santa Lucía, actual Río de Janeiro. Justamente un mes más tarde, Magallanes y su tripulación descienden hasta la desembocadura del Río de la Plata, que confunden con un posible estrecho. Tratan de entrar en él, pero, para su desgracia, pronto se dan cuenta de que aquel paso de agua es, en realidad, un río.

El plan de viaje de Magallanes era “o a muerte, o a triunfo. Es decir, no había vuelta atrás. A todo o nada.”, explica De la Fuente en el documental de TVE. Continúan navegado hacia el sur. Llega el invierno, el frío, las ventiscas de nieve. A las bajas temperaturas se le suma la escasez de alimentos, por lo que deciden racionar las comidas. Es en este momento cuando sucede algo que lleva fraguándose meses, prácticamente desde el comienzo de la travesía: un motín. 44 miembros de la oficialidad de la expedición se amotinaron. ¿El líder de la rebelión? El noble castellano Juan de Cartagena, seguido por Gaspar de Quesada.

El motín, que se perpetró el 2 de abril de 1520, lo soluciona Magallanes de la manera más rápida y efectiva: a golpe de cuchillada, degüellos y algún que otro descuartizamiento. Cartagena es abandonado en tierra, a la altura del Puerto de San Julián, en Argentina; Gaspar de Quesada, capitán de la armada real, es condenado a muerte.

En San Julián (Argentina) puede encontrarse una réplica de la nao Victoria de Magallanes.

El 21 de octubre de 1520, tras unos meses amarrados en la bahía de San Julián, Magallanes y sus barcos alcanzan el estrecho de la Once Mil Vírgenes, posteriormente renombrado como Estrecho de Magallanes. Han encontrado, por fin, el ansiado paso que atraviesa Sudamérica. Esa misma noche, sin embargo, deserta la nave San Antonio, que huye de vuelta a España.

Apenas un mes después salen del Estrecho por el oeste, ante ellos se abre el inmenso Océano Pacífico. Sin embargo, la enormidad de este mar les lleva a la desesperación, al hambre y al escorbuto, enfermedad que acaba con un importante número de la tripulación: son meses y meses sin ver tierra firme, sin comer una sola pieza de fruta, sin beber agua fresca y salubre.

Así lo narra Pigafetta, cronista oficial de la expedición: “durante tres meses y veinte días no pudimos conseguir alimentos frescos. Comíamos bizcocho a puñados, bebíamos agua amarilla, pútrida desde hacía tiempo. Las ratas se vendían a medio ducado cada una y había poquísimas”.

Islas filipinas, paraísos tropicales y encuentros con pueblos indígenas

En marzo alcanzan las Islas Marianas, las primeras islas habitadas que hallan después de largos meses de solitud. Están en Oceanía. Allí se reponen de alimentos frescos y agua potable para acto seguido continuar su camino.

Es 16 de marzo de 1521 arriban en las Islas Filipinas. En este archipiélago Magallanes establece muy buenas relaciones con los reinos y pueblos indígenas. El archipiélago filipino es un lugar desconocido para los europeos, él es el primer occidental en llegar hasta allí, así que toma la decisión de apoderarse del territorio en nombre de Carlos I.
Magallanes establece relaciones con el rey de la isla filipina de Cebú, un lugar estratégico por su importante puerto comercial. El rey de Cebú está en guerra con el líder de la isla vecina, Mactán. Magallanes, con el objetivo de controlar todas las islas del archipiélago, viaja a Mactán para enfrentarse a Lapulapu, el jefe de aquella isla.

Estatua en honor a Lapulapu en Filipinas

Para su desgracia, los acontecimientos no pueden ir peor. El 27 de abril de 1521 Magallanes desembarca en Mactán confiado, con apenas 50 hombres. “Disparamos al enemigo desde los botes, disparamos durante una media hora sin hacerles demasiado daño. En el instante en que dejamos de disparar, los nativos atacaron a muerte”, narra Pigafetta en sus diarios. Magallanes y parte de sus hombres mueren en combate. Los pocos supervivientes logran huir mar adentro hasta una de las naos.

Con solo dos barcos de los cinco que partieron de España dos años atrás, la expedición, ya sin su líder, navega por el Pacífico buscando las Islas Molucas y sus codiciadas especias. Las alcanzan finalmente el 6 de noviembre de 1521. Tras meses visitando territorios de Indonesia, únicamente la nao Victoria, con Juan Sebastián Elcano al mando, inicia el regreso a casa siguiendo hacia el oeste.

El 6 de septiembre de 1522, después de casi tres años de odisea, 18 hombres entran en la bahía andaluza de Sanlúcar de Barrameda. Han vuelto a casa después de dar la primera vuelta completa a la Tierra. Demuestran así lo que ya se intuía: la tierra es esférica.

El regreso de la expedición a España después de casi tres años de travesía (Fuente: ABC de Sevilla)

A pesar de tal heroicidad, el paso del Estrecho de Magallanes no resultó ser una vía comercial rentable. Tristemente, la hazaña del obstinado marino portugués no terminó cobrando la relevancia que él mismo ansió a lo largo de su vida. Era un paso ubicado demasiado al sur, en unas aguas demasiado frías y complejas de navegar.

Esta efemérides se publicó originalmente en la revista CONOCER. La revista CONOCER es una publicación de Grupo Social ONCE, y sólo tienen acceso a ella los socios de la ONCE.

Günther Hasinger: “Si en Marte hay evidencia de material orgánico o incluso de vida antigua, tenemos la oportunidad de encontrarlo”

Hablamos con Günther Hasinger, actual director de Ciencia de la Agencia Espacial Europea (ESA), sobre los futuros proyectos de la organización, la posibilidad de encontrar vida en Marte y en los satélites de Júpiter y Saturno y sobre la importancia de fomentar la colaboración entre agencias espaciales internacionales.

La Agencia Espacial Europea (ESA) fue fundada en 1975. Desde entonces, sus contribuciones a la investigación del espacio han resultado capitales para el desarrollo del conocimiento del universo. Constituida por 22 Estados miembros, la ESA posee actualmente un total de doce misiones programadas para el futuro, algunas de ellas proyectadas para dentro de más de diez años y otras que se iniciarán este mismo 2019. Charlamos con Günther Hasinger, director de Ciencia de la agencia, sobre estos planes venideros.

LISA, un detector de ondas gravitacionales en el espacio

A día de hoy ya existen detectores de ondas gravitacionales como LIGO o VIRGO. Ambos estudian las ondas desde la Tierra. La ventaja de LISA, el primer observatorio espacial de ondas gravitacionales, es que estará situado en el espacio, lo que le permitirá detectar ondas gravitacionales de menor frecuencia.

Desarrollado por la ESA en cooperación con la NASA, “que LISA esté ubicado en el espacio le capacita para ser sensible a ondas gravitacionales mucho más lentas, como las que se producen cuando se fusionan agujeros negros supermasivos en los centros de las galaxias. Observar estos eventos energéticos revolucionará nuestra comprensión de la gravedad y también de los agujeros negros”, declara Hasinger.

Recreación del observatorio LISA (Fuente: ESA)

La ESA divide sus misiones según el coste: las menos caras se denominan de tipo S (small), las intermedias son de tipo M (medium) y las de mayor presupuesto son calificadas como de tipo L (large). LISA, en concreto, es una misión de tipo LARGE, la tercera misión de esta envergadura en toda la historia de la institución.

ExoMars, taladrar Marte

Una de las misiones de la ESA que más dará que hablar en el futuro será ExoMars, un proyecto que incluye un rover (un vehículo) que aterrizará en el planeta rojo a principios de 2021.

¿Qué pretende estudiar ExoMars y qué podemos esperar de la misión? “El módulo de aterrizaje estático se enfoca en comprender el medio ambiente en Marte, mientras que el rover utilizará un radar de penetración en el suelo para buscar agua debajo de la superficie y un taladro para alcanzar muestras ubicadas hasta dos metros por debajo del nivel suelo”, responde el director de Ciencia de la Agencia.

La oportunidad de hallar vida en Marte es, gracias a este proyecto, posible. Así lo aclara Hasinger: “El objetivo de la misión es aterrizar en lo que creemos que es un antiguo lago o lecho marino de al menos 3 mil millones de años. La vida habría comenzado en la Tierra en este momento y creemos que las condiciones en Marte eran, por aquel entonces, similares. El rover posee instrumentos muy avanzados para analizar las muestras a nivel molecular. Si hay evidencia de material orgánico o incluso de vida antigua, tenemos la oportunidad de encontrarlo”.

JUICE y el viaje a Saturno

JUICE es una sonda de la ESA que tiene como objetivo primordial explorar Ganímedes, la mayor luna de Júpiter. Además de visitar las proximidades de Ganímedes, la sonda también realizará dos vuelos sobre Europa, otra luna de Júpiter.

El satélite Europa es de menor tamaño que la luna Ganímedes, pero es de mayor interés científico: en su interior se esconde un océano que además está en contacto con el interior rocoso del satélite, lo que posibilita la existencia de fuentes hidrotermales, es decir, altas probabilidades de que se desarrolle la vida.

“Se espera que la sonda JUICE despegue en 2022 y llegue a Júpiter siete años más tarde, en 2029”, cuenta Hasinger. “Después, JUICE pasará al menos tres años haciendo observaciones detalladas de Júpiter y otros tres más observando sus lunas más grandes, Ganímedes, Calisto y Europa”.

Pero Ganímedes es el principal objetivo científico de la misión. “Los investigadores creen que existe calentamiento en las mareas del océano de Ganímedes, aunque en un grado mucho menor que Europa. Este calor podría impulsar cierta actividad tectónica y proporcionar una de las condiciones necesarias para que emerja la vida: una fuente de energía”, relata el director de Ciencia de la ESA.

¿Por qué es importante estudiar en profundidad los satélites de Júpiter y en concreto la luna Europa? “Si bien Ganímedes es el objetivo principal de JUICE, la misión también estudiará otras lunas como Europa y Calisto, comparando así los diferentes ambientes en estos tres satélites helados. Esta imagen comparativa permitirá a los investigadores comprender mejor las condiciones adecuadas para el surgimiento de la vida en mundos helados. Pero sí, de todas las lunas de Júpiter, Europa es la más interesante, pues los científicos creen que es más que probable que sea habitable”, responde Hasinger.

Además de las lunas de Júpiter, hay otro satélite de nuestro sistema solar que llama la atención de los científicos. Ese satélite es Encélado, una luna de Saturno que, según se cree, posee un océano al estilo del de Europa. Sin embargo, investigar Encélado resulta mucho más sencillo por un simple motivo: los géiseres.

Imagen de Encélado y sus géiseres polares (Fuente: National Geographic)

Lo explica Hasinger: “Encélado, al igual que Europa, tiene un gran océano subsuperficial. Acceder a ellos está más allá de cualquier medio práctico a nuestra disposición hoy en día. Tendríamos que penetrar unos 20 kilómetros de cubierta de hielo para acceder al agua del océano y hacer un análisis. Existe, sin embargo, una alternativa potencial. No sabemos si funcionará, pero tiene la virtud de ser mucho más sencillo de implementar. La luna de Saturno, Encélado, tienen géiseres (chorros de fluidos) que arrojan partículas del océano al espacio. Ya hay planes para enviar hasta allí una sonda capaz de analizar el material que expulsan estos géiseres. El problema a resolver es: ¿cómo podemos obtener suficiente material para realizar una buena medición? Esto es lo que los investigadores están tratando de solucionar actualmente”

Por ahora sólo se ha hablado del uso de sondas y naves robotizadas, pero ¿qué hay de los viajes de seres humanos al espacio? “Nuestro programa de exploración se centra en tres destinos donde los seres humanos algún día vivirán y trabajarán: la órbita terrestre baja (donde, de hecho, ya estamos viviendo y trabajando a bordo de la Estación Espacial Internacional), la Luna y, por último, Marte, que es el objetivo a largo plazo para la exploración humana”, contesta Hasinger.

“¿Por qué explorar?”, se cuestiona a sí mismo Günther Hasinger, “pues, en primer lugar, para obtener conocimiento científico sobre nuestro Sistema Solar y los orígenes de la vida. Pero también para mejorar nuestras habilidades tecnológicas resolviendo los desafíos de la exploración, como la forma de proporcionar oxígeno al agua o la protección contra la radiación. Todo lo relacionado con la exploración se desarrolla a partir de la cooperación internacional, una necesidad evidente porque los desafíos son muy grandes. Por otro lado, también creo que es una inspiración ver a los astronautas y cosmonautas de todo el mundo trabajando juntos. Es una manera de inculcar a la próxima generación de jóvenes unos ciertos valores de cooperación pacífica entre naciones, algo muy importante para todos nosotros”.

Este reportaje se publicó en el número 109 (julio de 2019) de la revista UNIVERSO. La revista UNIVERSO es una publicación de Grupo Social ONCE, y sólo tienen acceso a ella los socios de la ONCE.

Óscar Vilarroya: “Conocernos a nosotros mismos es difícil porque gran parte de lo que nos ocurre es inconsciente”

Óscar Vilarroya es investigador y profesor de Neurociencia en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su nuevo libro lleva por título Somos lo que nos contamos: cómo los relatos construyen el mundo en que vivimos (Ariel, 2019), y en él el autor trata adentrarse en los mecanismos de nuestro cerebro para terminar confeccionando una conclusión determinante: somos seres profundamente narrativos.

“A estas alturas, todos sabemos que el pasado no existe, que la historia no existe, que dios ha muerto y que la vida es una mala novela con final previsible que se vende demasiado cara en entregas desordenadas e incompletas; que sobre el pasado sólo conocemos la sombra de la sombra de una mentira porque lo único que el pasado ha dejado al presente son sus rutinas y sus documentos […] Sabemos también que cualquiera que hable del pasado miente, porque para contar el pasado con cierta fidelidad haría falta repetir el pasado y eso no es posible porque repetir el pasado punto por punto no sería repetirlo sino representarlo y representar es mentir, y porque nadie tiene suficiente presupuesto ni decorados lo bastante grandes. Todo texto, todo es ficción, todo es literatura (menos la literatura)”.

Esta es una cita de Santi Pérez Isasi, escritor y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto. Pero es una cita que encaja a la perfección con el tema del ensayo de Vilarroya, Somos lo que nos contamos: cómo los relatos construyen el mundo en que vivimos.

Al comienzo del libro Vilarroya escribe: “Narrar es parte integral de nuestra naturaleza y construye la realidad en la que vivimos. Las cosas que habitan nuestra realidad, sus características, la manera de organizarlas y de clasificarlas, las acciones que esas cosas pueden hacer y padecer, las relaciones entre ellas, todo está determinado por las historias que nos hemos contado. Somos, de alguna manera, las historias que nos contamos, y no es posible comprendernos (ni persuadirnos) sin conocer también cómo nos contamos historias”.

El relato primordial, unidad básica y punto de inflexión

Los seres humanos no seríamos lo que hoy somos de no ser por nuestra capacidad narrativa. Incluso es probable que ni siquiera hubiéramos llegado hasta el Homo sapiens, sino que nos habríamos quedado estancados en un estado cerebral similar al de los chimpancés o los gorilas.

Vilarroya habla del “relato primordial” como la forma básica y original del relato. Él mismo la define como “una estructura mental que apareció en algún momento de nuestro pasado, cuando todavía no teníamos un lenguaje complejo como el que ahora tenemos. En este sentido, el relato primordial busca en lo que tenemos a nuestro alrededor una explicación de por qué ocurre lo que ocurre en nuestro entorno o a nosotros mismos”.

Portada del libro de Vilarroya. (Fuente: Grupo Planeta).

¿Cuándo desarrollan los homíninos (nosotros, los seres humanos, primates homínidos caracterizados por la postura erguida y la locomoción bípeda) la capacidad para construir relatos? A esta cuestión Vilarroya responde argumentado que “no podemos saberlo con exactitud, pero probablemente ocurrió incluso antes del Homo sapiens. Lo que sabemos de nuestros antepasados es que construyeron instrumentos, armas, herramientas o que utilizaron elementos simbólicos. Todo esto nos indica que, probablemente, esta forma de explicarnos las cosas apareció hace un millón y medio de años, más o menos”.

“En el cerebro aún no hemos hallado zonas o circuitos que estén dedicados exclusivamente a la narratividad, pero lo que hemos visto es que el cerebro ha evolucionado brutalmente en los últimos cinco millones de años”, asegura el profesor de la UAB.

Este fenómeno, el del rápido desarrollo cerebral de los homíninos, es sorprendente y todavía un misterio para los científicos. “En los últimos cinco millones de años hemos ganado un volumen de un litro de tejido cerebral. Los chimpancés, por ejemplo, de los que nos separamos en la línea evolutiva hace unos 6 millones de años, no se han desarrollado de la misma forma. La parte frontal de nuestro cerebro se ha desarrollado muchísimo en estos últimos millones de años. Esta es la parte del cerebro relacionada con la interacción social, y es precisamente en la interacción social donde vemos que el impulso narrativo es más efectivo, donde sirve para más cosas”, relata el autor de Somos lo que nos contamos.

Además, Vilarroya explica que “probablemente, este crecimiento cerebral tiene relación con nuestra desarrollada capacidad social. La complejidad de la interacción social se beneficia de una construcción narrativa de la existencia que practicamos desde que somos niños”.

Identificar la causa de un problema

En el libro, Vilarroya comenta que algunos investigadores han argumentado que lo que verdaderamente nos diferencia de los demás primates inteligentes es el razonamiento basado en identificar la causa de las cosas. Pero, ¿cómo identificamos los seres humanos esas causas?

“Es una pregunta muy interesante a la que filósofos, psicólogos y neurocientíficos han intentado dar respuesta. Hume dijo que hay aspectos muy particulares que intervienen en la explicación de las causas de las cosas. Por ejemplo, tenemos mecanismos que relacionan todas aquellas situaciones o eventos ligados íntimamente en el tiempo y en el espacio. Todo aquello que se produce de manera contigua nos induce a pensar que una situación es la causa de otra. Y así, hay otros mecanismos similares que utilizamos de manera intuitiva para identificar las causas de las cosas”, describe Vilarroya.

El principio de causalidad antes y después de Hume (Fuente: José Ramón Gómez).

El problema viene más tarde, cuando no somos capaces de identificar la causa. “En el momento en el que no reconocemos la causa, nos la inventamos. A esto podríamos llamarlo ‘pensamiento mágico’. Los seres humanos, como narradores, tenemos serios problemas a la hora de aceptar que no hay causa definida para algo. Si no la percibimos, si no la intuimos, entonces nos la inventamos”.

¿Por qué nos cuesta tanto admitir que desconocemos la causa de una situación, que no tenemos respuesta para todas las preguntas? “Porque nuestra pulsión narrativa”, contesta Vilarroya, “ha sido tan potente, ha sido tan adaptativa, interviene en tantos aspectos de nuestra vida, que uno de sus mecanismos es que tenemos que concluir un relato para poder seguir adelante. No somos capaces de dejar en suspenso una explicación, e incluso no dar respuesta a las situaciones nos produce una sensación de malestar, tanto mental como físico. La biología nos ha enseñado que el cerebro es mucho más chapucero de lo que nos gustaría creer”.

En la mayoría de ocasiones, nuestro cerebro rechaza el razonamiento lógico y abraza otras formas de reflexión, como el conocimiento heurístico, que funciona gracias a la intuición, aplicando la fórmula, según Óscar Vilarroya, del famoso refrán: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

“Este tipo de reglas intuitivas, no lógicas, las seguimos porque aplicarlas nos han proporcionado muchos beneficios en el pasado. En situaciones de crisis, en las que tenemos que decidir algo de vida o muerte, estas reglas son muy rápidas y automáticas, y en la mayor parte de las ocasiones funcionan adecuadamente. Después, estas reglas más intuitivas las completamos con argumentos más racionales que nos permiten mejorar y adecuar nuestros procesos de razonamiento”, cuenta el autor.

En un momento de Somos lo que contamos Vilarroya escribe: “creer que es posible conocer el origen y los mecanismos que producen nuestros pensamientos, deseos y emociones es, probablemente, una ilusión”. ¿Cómo de complejo es saber lo que nos ocurre internamente? “Conocernos a nosotros mismos es muy difícil porque gran parte de lo que nos sucede es inconsciente. Es decir, que se construye en un lenguaje de estructuras químicas y bioquímicas”, responde el autor.

Entonces, ¿estamos totalmente condicionados por la física y la química de nuestro cuerpo? “Bueno, no todo se reduce a la química, porque hay que tener en cuenta que esa química se relaciona con algo aún más complejo: las emociones, los sentimientos o las relaciones sociales. Es cierto que muchos de los sentimientos y emociones que experimentamos tienen su origen en aspectos metabólicos, bioquímicos, pero el origen, el mecanismo fisiológico específico, todavía no tenemos acceso a él”, contesta Vilarroya.

“Muchas veces queremos atribuir explicaciones a situaciones que no la tienen. Tenemos que aprender a convivir con ello. Las personas con mayor calidad de vida psicológica son aquellas que articulan mejor sus deseos, sus conductas y decisiones. Las personas que aprenden a convivir y dirigir correctamente esas pulsiones hacia unos objetivos son las que consiguen mejor calidad de vida. Y es posible aprender a reconocer esas pulsiones y tomar las decisiones más adecuadas en consecuencia”, concluye.

Reportaje publicado para el número 107 (mayo de 2019) de la revista UNIVERSO. La revista UNIVERSO es una publicación de Grupo Social ONCE, y sólo tienen acceso a ella los socios de la ONCE.

100 AÑOS DEL ESTRENO DE ‘EL SOMBRERO DE LOS TRES PICOS’

El 22 de julio de 1919 se estrenó en Londres El Sombrero de los tres Picos. El ballet creado por Manuel de Falla es una de las piezas musicales más importantes de la historia de la música española.

Cuentan sus biógrafos que Manuel de Falla fue un hombre discreto y sencillo, un individuo distanciado de los clásicos clichés que suelen acompañar a la figura del genio romántico, es decir: egolatría desatada, necesidad de provocación, promiscuidad o sentimiento de incomprensión por parte del resto de artistas de su tiempo, entre otras muchas características.

Según escribe Antonio Muñoz Molina en un artículo para El País, “Falla no fue un compositor fértil, pero cada una de sus obras mejores es plenamente original de una manera distinta a todas las otras, como si en cada caso se hubiera impuesto un desafío que una vez resuelto le permitiera comenzar de nuevo, sin deuda consigo mismo ni con nadie”.

Una propuesta rusa

El 22 de julio de 1919 los Ballets Rusos estrenaron en el Teatro Alhambra londinense El sombrero de tres picos, una obra importantísima para la proyección de la cultura española a nivel internacional. Sin embargo, es necesario que comencemos por el principio.

En 1916 Falla estrena Noche en los jardines de España y en 1917 presenta El corregidor y la molinera, una pantomima dividida en dos partes que sería el paso previo a la creación de El sombrero de tres picos en 1919.

Tres años antes, en 1916, Serguéi Diáguilev, director y empresario de los famosos y reconocidos Ballets Rusos, realizó un viaje por España. En una ocasión durante su estancia en el país, el ruso asistió a la representación de Noche en los jardines de España. Diáguilev quedó inmediatamente fascinado por la obra de Falla y no dudó en proponerle a éste una adaptación para ballet.

Manuel de Falla junto a Federico García Lorca en Granada (Fuente: ideal.es)

Falla, exquisito hasta el extremo con sus trabajos, pero a su vez al tanto de la buenísima oportunidad que sería trabajar con los Ballets Rusos, rechaza la idea de Diáguilev y rápidamente propone otra: crear un ballet a partir de El corregidor y la molinera, la pantomima en la que por aquel entonces don Manuel andaba trabajando.

En 1917 Diáguilev y su equipo asisten a la representación de El corregidor y deciden aceptar la propuesta del músico gaditano: juntos crearán un ballet que lleve por nombre El sombrero de tres picos, título homónimo al de la novela en la que estaba basada El corregidor y la molinera.

Diáguilev y los Ballets Rusos insistieron mucho a Falla en un aspecto, entonces para ellos clave: la unión natural y fluida entre música y danza, lo que suponía una profunda y constante colaboración entre compositor (Falla) y el coreógrafo, que en este caso sería el ruso Léonide Massine.

Falla, siempre escrupuloso y maniático, tardará dos años en finalizar el encargo. Así, el 22 de julio de 1919 se estrena en Londres la versión definitiva de El sombrero de tres picos, un ballet coreografiado por Massine, con telón, decorados y vestuario de Pablo Picasso y dirección musical de Ernest Ansermet.

Leonide Massine, además encargarse de la coreografía, interpretó al personaje principal, el Corregidor. La bailarina Tamara Karsávina, que había abandonado Rusia a causa de los sucesos revolucionarios, se estrenó en la compañía de los Ballets Rusos en el papel de la Moliner.

Manuel de Falla y Pablo Picasso: unidos por la música

En un principio puede sonar extraño que Pablo Picasso y Falla colaboraran en la creación de una pieza musical, pero por aquellos años el artista malagueño ya había dejado atrás su etapa más críptica (la cubista) y sus intereses orbitaban ahora en torno a corrientes cercanas al neoclasicismo y, sobre todo, la tradición.

Para el ballet de Falla Picasso pintó el telón, ideó los decorados y diseño los figurines y vestuarios. Pero además de la estética, fue el pintor quién recomendó a Falla la inclusión de una voz humana en El sombrero. De esta forma, a los jaleos y los oles de los bailarines le sigue una soprano entonando la siguiente canción: “¡Casadita, casadita, / cierra con tranca la puerta; / que aunque el diablo esté dormido / a lo mejor se despierta!”.

La escenografía que Picasso diseñó para El sombrero buscaba homenajear la tradición pictórica española. Las referencias a Goya y al mundo del toreo eran evidentes en el telón, mientras que los vestuarios (también de inspiración goyesca) recreaban locos e impedidos, negros y ancianas. Las bailarinas, por su parte, iban vestidas de sevillanas, mallorquinas o aragonesas. En definitiva, todo un homenaje a la cultura española.

Alguno de los diseños elaborados por Picasso (Fuente: Fundación Juan March)

El estreno de El sombrero de tres picos en Londres cosechó un éxito rotundo. La creación de Falla fue elogiada por “su acertada síntesis entre música, baile, drama y decorado”. Sin embargo, el fenómeno de recepción más interesante se produjo en Madrid, cuando la obra fue estrenada en 1921.

En la capital española se generó una fuerte polémica y la opinión publica quedó dividida en dos bandos: los seguidores de un arte más moderno y cosmopolita, por un lado, y los que defendían la tradición por otro, que eran los que apoyaban una forma de creación artística más conservadora, por así decirlo.

El sombrero de tres picos, donde se combina la música de Falla, la coreografía vanguardista de Massine y los decorados audaces y provocadores de Picasso, es una obra esencial para la configuración del imaginario de “lo español”, un imaginario que lleva cien años sirviéndonos para representarnos a nosotros, los españoles, ante el resto del mundo.

Este reportaje se publicó en el número 109 (julio de 2019) de la revista CONOCER. La revista CONOCER es una publicación de Grupo Social ONCE, y sólo tienen acceso a ella los socios de la ONCE.

El reto del envejecimiento demográfico

Junto con mi compañera Meritxell Tizón, en enero de 2019 realicé un reportaje monográfico para el número 113 de la Revista ‘Compartir’ (Fundación Espriu) sobre los altos datos de esperanza de vida en España y sobre cómo paliar sus efectos gracias al concepto de “envejecimiento saludable”. Puedes leer el reportaje AQUÍ.

Si quieres echarle un ojo a la revista completa y al resto de número publicados entonces pincha aquí.

Antonio Palacios, el arquitecto que ideó un nuevo Madrid

Los edificios que Palacios diseñó en Madrid a comienzos del siglo XX transformaron una ciudad rural en una verdadera capital europea.

Antonio Palacios nació en O Porriño (Pontevedra) en 1874. Murió en Madrid 71 años más tarde, en 1945, en una sencilla y austera casa que mandó construir en El Plantío, a las fueras de la capital. La paradoja que se suscita del fallecimiento del arquitecto es interesante: morir en una vivienda modesta y discreta 30 años después de haber diseñado los monumentales edificios que transformaron una ciudad rural en el Madrid moderno que ahora conocemos.

El profesor Carlos Sambricio, Catedrático de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo en la Escuela Técnica Superior de Madrid, define así el legado arquitectónico de Palacios: “El edificio de Correos en Cibeles, el Círculo de Bellas Artes en la calle de Alcalá, el Banco del Río de la Plata (hoy sede del Instituto Cervantes), el Hospital de Jornaleros de Maudes, en Cuatro Caminos, y tantos otros edificios emblemáticos que tienen, como podemos imaginar, una impronta más que indicativa en el Madrid actual”.

El éxito laboral de Antonio Palacios llegó relativamente pronto, cuando apenas contaba con 30 años de edad. En 1900, con 26, se titula en arquitectura. Apenas cuatro años más tarde gana el concurso para el construir el Palacio de Comunicaciones en la céntrica Plaza de Cibeles. A partir de ese momento comienza un periodo de 20 años (hasta 1926, con la construcción del Círculo de Bellas Artes) de desenfrenada creatividad.

Primeros años: un nuevo Madrid para comienzos de siglo

En 1904 el Estado convocó un concurso para la construcción de un edificio que albergara los servicios de correos y telégrafos en un solar perteneciente a los desaparecidos Jardines del Buen Retiro. El proyecto presentado por Palacios y Joaquín Otamendi, su compañero de carrera, amigo y socio durante numerosos éxitos venideros, resultó ser el ganador del certamen. Las obras comienzan en 1907 y finalizan en 1919, siendo la idea principal la de construir un inmueble que girase en torno a la diosa Cibeles. Palacios encuentra para ello una solución perfecta: adapta la gran fachada principal, construida en piedra caliza, al trazado circular de la plaza.

Palacio de Comunicaciones, actual Ayuntamiento de Madrid

Uno de los aspectos más interesantes del Palacio de Comunicaciones es su mezcla de estilos e intenciones. Por fuera, el edificio, que impresiona por su tamaño, presenta una imagen muy historicista, casi conservadora. Sin embargo por dentro el inmueble posee muchas soluciones modernas, siendo una de ellas la estructura interior compuesta de acero.

Paralelo al proyecto del Palacio de Comunicaciones se desarrolla el del Hospital de Jornaleros de Maudes (1908-1916), otra de las obras maestras del arquitecto gallego. La construcción de este hospital situado en Cuatro Caminos, entre las calles Raimundo Fernández Villaverde y Maudes, se debe a doña Dolores Romero Arano, una mujer que, viuda de un exitoso empresario de la época, decidió invertir su fortuna en encargar a Palacios una obra de carácter filantrópico: la construcción de un hospital que prestara servicios médicos dignos a la clase obrera de la zona, que por aquel entonces era abundante.

Hospital de Jornaleros de Maudes (Fuente: madridtectura.com)

Al estar ubicado en los suburbios de la ciudad, el proyecto del hospital permitió a Palacios acercarse a una arquitectura más regionalista, influida sobre todo por la rudeza de la piedra sin trabajar, unas texturas que le recuerdan a su Pontevedra natal. “Lo que, en mi opinión, caracteriza la obra de Palacios es haber nacido en Porriño, conocer desde su infancia qué significa la cantería y proyectar desde ahí, desde el material. La piedra y el uso que hizo de ella es su seña de identidad”, comenta Sambricio en relación a esta idea.

Pero la protagonista indiscutible de este edificio es, sin duda, la luz, que se desliza por los pasillos y salas interiores gracias a los amplios jardines y patios. Palacios piensa que la brisa y la calma que otorgan los jardines puede influir de forma positiva en la recuperación de los enfermos, y por ello decide situar la iglesia, en vez de en el lugar central (como era habitual), en el extremo norte, con acceso a la calle Raimundo Fernández Villaverde. De esta manera deja el hueco central despejado para un patio ajardinado que acaba por convertirse en la característica más significativa del lugar.

Una de las escaleras interiores del Hospital de Jornaleros de Maudes (Fuente: madridtectura.com)

Ambos edificios, el Palacio de Comunicaciones y Maudes, se emplean ahora para funciones distintas de las de sus inicios. El Palacio es, desde 2007 y tras un proceso de profunda remodelación, sede del Ayuntamiento de Madrid. El Hospital de Maudes fue rehabilitado a finales de los años 80 y se convirtió en sede de la Consejería de Política Territorial de la Comunidad de Madrid.

Los años del Metro y el Banco Río de la Plata

Los proyectos de Maudes y el Palacio de Comunicaciones sitúan a Antonio Palacios como uno de los arquitectos más demandados de la capital. El tándem que forma junto con su socio Joaquín Otamendi continúa dando sus frutos y Palacios no para de recibir propuestas de nuevos proyectos. “Ambos tenían el título de arquitecto. Sin embargo, Otamendi fue el hombre de negocios y Palacios el arquitecto. Otamendi supo convencer a Enrique Ochoarán, entonces responsable del banco de Vizcaya, para invertir los enormes beneficios obtenidos durante la primera Guerra Mundial en la compra de suelo en Madrid.”, relata Sambricio.

Mientras que Maudes y Comunicaciones tienden hacia la horizontalidad, el encargo que Antonio Palacios recibe en 1910, construir el Banco Español Río de la Plata (actual Instituto Cervantes), supone un cambio de rumbo hacia lo vertical. Situado entre las calles Alcalá y Barquillo, justo enfrente de su Palacio de Comunicaciones, el edificio destaca por su monumentalidad exterior, con unas fachadas que recuerdan a los templos griegos. El principal ejemplo de ello es la imponente entrada principal en forma de chaflán, que se encuentra custodiada por cuatro grandes cariátides esculpidas en piedra.

El edificio del Instituto Cervantes en la actualidad (Fuente: Comunidad de Madrid)

Poco tiempo más tarde, en 1917, Palacios recibe una oferta que le permitirá influir de nuevo en la imagen de la ciudad: comienza a trabajar para la Compañía Metropolitana Alfonso XIII, una sociedad fundada ese mismo año con el propósito de construir la primera línea de metro de la capital. Entre los miembros de esta sociedad se hallaba, entre otros, Miguel Otamendi, hermano de su amigo y socio Joaquín.

Las obras comienzan en abril de 1917. Dos años más tarde, en octubre de 1919, hace ahora precisamente 100 años, se inaugura la Línea 1 del Metro de Madrid con un recorrido que va desde Cuatro Caminos hasta Sol. Para el metro de Madrid Palacios diseñó la decoración de las estaciones, andenes y pasillos. También el logotipo, las bocas de acceso y los templetes de Sol y Gran Vía, ambos ya desaparecidos. La mayoría de los elementos proyectados por Palacios se han perdido, y tan sólo perduran el logotipo y algunas barandillas de las bocas de acceso, éstas últimas en contadas estaciones.

El templete de Gran Vía diseñado por Antonio Palacios para el Metro de Madrid (Fuente: traveler.es)

Último periodo: un arquitecto moderno

Conforme avanzaban los años el estilo arquitectónico de Palacios, influenciado en un primer momento por las ideas historicistas y modernistas, va quedándose obsoleto, anticuado. Es entonces cuando fija su atención en las tendencias vanguardistas procedentes de Estados Unidos. En 1921 se inicia la construcción de su proyecto del Círculo de Bellas Artes, situado en el número 42 de calle la Alcalá.

A Palacios le fascinaban los grandes trasatlánticos. Los veía como complejas moles donde los diferentes ambientes conviven sin estorbarse en un espacio reducido y común. El Círculo de Bellas Artes es eso, un trasatlántico, pero en altura y sin necesidad de tener que navegar por el océano. El edificio, finalizado en 1926, se distingue por su extraordinaria modernidad, con una concentración de usos que recuerda a los modelos de ciudades como Nueva York y Chicago. De este periodo son también significativos inmuebles como la Casa Comercial Palazuelo (1921), en el número 4 de la Calle Mayor, o la Casa Matesanz (1923) en la Gran Vía, ambos pioneros por ser de los primeros edificios comerciales al estilo norteamericano que se construyeron en la ciudad.

La Sala de fiestas del Círculo de Bellas Artes (Fuente: circulodebellasartes.com)

Con los años 30 se inicia su declive. Sus diseños son cada vez menos demandados y las corrientes arquitectónicas del momento están ya lejos de su forma de concebir la construcción. “Edificar en piedra supone un altísimo costo, y a comienzos de la década de los 30 se produce en España una crisis motivada, por una parte, por el crac de 1929 y, en segundo lugar, por la actitud de una burguesía que evade capitales, empobreciendo en consecuencia la economía del país”, detalla Sambricio.

Los últimos años de su vida los pasó alejado del centro, en su pequeña residencia de El Plantío. Es curioso observar cómo el tiempo avanza y la figura de Antonio Palacios va ganando con los años mayor reconocimiento, sobre todo a raíz de las efemérides que se celebran en torno a sus edificios. Las construcciones de Palacios otorgaron al centro de Madrid una nueva imagen, más monumental y moderna, la que precisamente requería la ciudad para convertirse en una auténtica metrópoli del siglo XX.

Este reportaje se publicó originalmente en la revista ‘Conocer’. La revista ‘Conocer’ es una publicación perteneciente al Grupo Social ONCE, y sólo tienen acceso a ella los socios de la ONCE.

Cristina Paredero: “Nadie mejor que nosotros para decidir cómo queremos ser representados”

Cristina Paredero es joven (apenas supera la veintena), tiene síndrome de Asperger y trabaja día a día para mejorar la autonomía personal y la capacidad de decisión de las personas con discapacidad. Entre otras muchas labores, Cristina pertenece al Grupo GADIR, el colectivo de apoyo a la dirección de Plena Inclusión España que funciona como voz de todas las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo. Charlamos con ella para que nos cuente sus proyectos presentes y el futuros.

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