Lorena G. Maldonado: “Escribir sin ganas es como besar sin ganas”

Quedo con Lorena G. Maldonado (Málaga, 1991) en el Café Comercial una tarde de domingo. Estamos a mediados de diciembre y se nota, pues uno ya va caminado por Madrid con el catarro y el clínex a cuestas. A pesar del frío nos sentamos en la terraza, buscando de esta forma evitar el jaleo del interior y que así la grabadora de mi teléfono móvil sea capaz de captar la conversación. Charlamos durante aproximadamente una hora sobre periodismo cultural, columnismo, literatura, feminismo, prosa poética, cursilería y lo ‘cipotudo’. 

Pregunta: Trabajas en la sección de cultura de El Español y escribiendo columnas mensuales en The Objective. A la hora de trabajar, ¿qué te aporta más satisfacción, las entrevistas que haces en el periódico a personajes relevantes o interesantes del mundo cultural o escribir las columnas mensuales?

Respuesta: A mí me da más satisfacción la entrevista. Bueno, o un reportaje, aunque cada vez tengamos menos tiempo para hacerlos. Un reportaje que tenga al menos tres o cuatro fuentes, que es más o menos el número de fuentes que creo que tiene que tener un reportaje digno.

La mayor satisfacción es el buen reportaje, sobre todo porque a causa de los problemas de tiempo cada vez es más difícil hacerlo con frecuencia. Vamos muy acelerados, el periodismo digital es extenuante, un bullir constante. Y por supuesto, cuando me encuentro con un personaje fascinante en una entrevista yo salgo como levitando, y me lo quiero llevar al barrio y tomarme unas cervezas con él, y noto que la entrevista ha salido bien porque siempre me quedo con cien preguntas en la cabeza. Hay gente con la que pasas veinte minutos y sientes que eso ya se ha agotado. Cuando no se siente eso es cuando funciona.

La columna es una cosa muy ombliguista, donde yo digo absolutamente lo que quiero y por suerte en The Objective nunca me han quitado ni una coma. Es raro que nunca haya nada de censura, pero en este caso no la hay. Lo que más me gusta de la columna es que puedo ser libre absolutamente, pero también sé que a la gente seguramente le aportará menos saber qué pienso yo de la vida. Creo que la entrevista a un personaje interesante del mundo de la cultura aporta más dentro del debate social.

He estado leyendo las columnas y he ido marcando aspectos que me han llamado la atención para ir preguntándotelos. Concretamente, en una columna que se titula El lameculos ibérico dices lo siguiente: “Yo sé que en todos los oficios hay pelotas y que ustedes tendrán que lidiar con muchos de ellos, pero les digo que en la industria cultural el peloteo es como el oxígeno. Alguna vez he entrado a entrevistas en grupo y me he sonrojado al ver a algunos de mis compañeros aplicados en la genuflexión, con el maestro en la boca, con la reseña preconcebida, impermeables al espíritu crítico”. ¿Esto del amiguismo en el periodismo cultural es algo que ya está muy normalizado?

Está absolutamente instaurado, y es sonrojante. A mí me da mucha vergüenza la gente que se mete en el periodismo para tener amigos, y yo creo que, precisamente, un buen periodista lo que no tiene que tener es amigos en la industria sobre la que escribe, porque entonces no está siendo honesto con el lector. Yo creo que los lectores se merecen honestidad, y no conchabeos, amiguismos, compadreos, buenas reseñas a tus colegas y malas reseñas con los que te llevas mal.

Y sí, sí que está muy instaurado y a mí me da infinita vergüenza. Además, lo que cuento en esa columna es verdad, yo he visto a colegas, compañeros, inclinándose para saludar a Pérez-Reverte o diciendo esto de “maestro” para referirse a alguien. Yo no soy agresiva en mis entrevistas, creo que funciona mejor la empatía, da más salsa y hace que el entrevistado se entregue más. Lo decía Jesús Quintero: a Tejero no hay que decirle “¡golpista, cabrón! Te da alergia la democracia, ¿no?”, sino algo más parecido a: “Vaya con lo del golpe de Estado. Tuvo que ser emocionante, ¿no?”. Entonces hablará. Es una exageración, claro, una boutade, pero tiene algo de verdad: los periodistas tenemos que acercarnos con humanidad al entrevistado, no ser perros policía. Eso me lo enseñó también mi profesor Antonio Rubio. Aconsejaba saberse hasta el equipo de fútbol del entrevistado y soltarle algún comentario al respecto para que se sintiese cómodo y largase más. Hacer hablar a la gente no es un ring, tiene estrategias más sutiles que la agresión. Eso sí: sin arrodillarse.

También, y sobre todo en el periodismo cultural, hay mucha mitomanía. Esto es un peligro, porque no somos críticos con nuestros propios ídolos. En mi caso, yo me sorprendí a mí misma porque tengo tatuada en la espalda una frase de Sabina, que prácticamente fue mi primer amor; sin embargo, cuando tuve que hacer una crónica crítica de su concierto la hice, y cuando tuve que hablar con una musicóloga, Laura Viñuela -que decía que había roles machistas en algunas de sus canciones-, pues escribí ese artículo diciéndolo. Aunque a mí me duela, aunque no siempre esté de acuerdo, creo que hay que dar voz también a las corrientes disidentes. No podemos convertir esto en un panfleto.

Otra cosa que me da pena es que el periodismo cultural se está olvidando muchas veces de otras formas de expresión, como pueden ser los grafiteros o los raperos. Toda la carga artística y política que hay en el underground. En fin, otras voces, voces críticas y enfrentadas al discurso hegemónico. Solamente se le da voz en los grandes medios a gente que no es excesivamente molesta ni peligrosa para el sistema. Nosotros en Cultura de El Español lo intentamos hacer y eso me flipa, hay que pelearlo más.

Sobre el proceso de escritura de tus columnas. ¿Cómo escoges los temas, das muchas vueltas hasta que lo encuentras o es más bien como un flashazo en el que ves el tema y te lanzas a escribir sobre él?

Yo funciono mejor cuando es sobrevenido, cuando veo un tema que es así candente durante esos días y digo “sobre esto quiero hablar”. Cuando me obligo a mí misma a escribir no me sale nada, y esto me frustra muchísimo, porque es como besar a alguien sin ganas. Yo siempre digo que escribir sin ganas es como besar sin ganas.  La columna puede ser digna en la técnica, pero al final no tiene la sustancia, no tiene el estilo, no llega. Y además el lector es muy sabio y lo nota.

Las mejores columnas surgen al escribir sobre algo con lo que estás obsesionado. Si lo escribes solamente porque tienes que entregar una columna, es muy probable que acabe siendo una mierda.

Eso te iba a decir, en algunas de tus columnas se percibe que estás molesta por algún tema y decides escribir sobre él a modo de protesta, como si fuera una especie de terapia. Por ejemplo, la columna sobre Harvey Weinstein. Es como si dijeras: “estoy hasta los cojones de esto, pues voy a escribir sobre ello”.

Sí, pero no son siempre cosas políticas. A veces observas un detalle en tu vida personal o cotidiana sobre el que también te puedes obsesionar. Hay algo que no entiendes ahí, y escribiéndolo consigues entenderlo o acercarte a entenderlo.

Diría que para mí escribir columnas no es una forma de adoctrinar o decirle a la gente qué tiene que pensar, sino de saber yo misma lo que pienso sobre algo, estructurarlo, ordenarlo y llegar a una especie de conclusión. El proceso de escritura también me ayuda a mí a saber qué pensar.

En una columna tuya escribes un párrafo que me ha interesado mucho: “Toda la vida estudiando, escuchando con atención al que sabe, leyendo por las noches, escribiendo mucho y borrando más, siendo mi más implacable hater –en definitiva, peleando por la voz propia, que mira que cuesta parirla”. ¿Has borrado mucho más de lo que has escrito en toda tu vida?

¡Bueno, muchísimo! Muchísimo, sí, porque yo soy muy crítica con todo, pero también muy crítica conmigo, y yo creo que al final se trata un poco de eso. Hace unos años hice unas prácticas en el Instituto Cervantes sobre gestión cultural, y allí tenía dos amigos escritores que se levantaban todas las mañanas a la cinco para escribir millones de páginas y al final quedarse con un solo párrafo.

Yo creo que en la escritura es casi más importante lo que se borra que lo que se dice. Por eso lo de la escritura como vómito… puede ser efectivo, pero siempre tienes que ordenar, que borrar, hacerlo lo más liviano y concreto posible. Enrique Vila-Matas dice que uno escribe bordeando lo que ama, o sea, que la escritura es como una sopa caliente donde el calor está en el centro. Y duele acercarse el corazón de las cosas, porque quema, pero el reto está en llegar y no conformarse con bordearlas. Hay que llegar a lo caliente, a lo que uno quiere decir realmente, quitando mucha morralla por el camino.

También creo que en la columna es necesario no dar demasiadas explicaciones, porque a veces tendemos como a justificarnos mucho, a dar demasiado contexto para evitarnos ataques, y pienso que al final es mejor eliminar esas explicaciones e ir al grano. Quien lo quiera entender, lo va a entender.

Aparte de lo de borrar mucho, también dices en ese párrafo que has leído mucho. ¿Qué escritores o escritoras, o columnistas, has leído tú con los que luego hayas dicho “coño, yo quiero escribir como este tío”?

Bueno, pues Umbral, claro. A mí es que Umbral me flipa, y sé que es muy fácil amar a Umbral, pero no por eso voy a dejar de hacerlo. También me gusta Leila Guerriero, que es una cronista brillante. En realidad leo poesía más que ninguna otra cosa. Me gusta Idea Vilariño, me gusta mucho Cristina Peri Rossi, me gusta Cesare Pavese, Pessoa, Cortázar, Lorca, Salinas, Cernuda, César Vallejo, Ángel González, Gil de Biedma, Pizarnik, Carmen Camacho, Manuel Vilas, Pablo García Casado, Alejandro Simón Partal. Me encanta Panero, me encanta Bolaño…

Había alguien que decía que a escribir bien se aprende por envidia, y a mí toda esta gente me genera una envidia enorme. Una envidia de admiración absoluta, de decir “joder, ojalá pudiera yo escribir algún día una entradilla la mitad de buena que una frase suya”. Uno de crío siempre es muy osado y tiene la sensación de que también podría hacerlo así, pero cuando tienes el folio en blanco delante al final no lo haces. Por eso es muy fácil criticar y luego muy difícil escribir.

Lo de obtener una voz propia es algo que se dice mucho, pero al fin y al cabo cuando se es joven y se está empezando lo que uno hace es básicamente copiar a los escritores o escritoras que admira. En tu caso ¿cuándo crees que alcanzaste esa voz propia, ese estilo personal?

¿Pero te refieres al fondo o al estilo?

A ambos.

Yo de adolescente leía mucho a Almudena Grandes, y me tenían absolutamente fascinadas sus subordinadas eternas y sus puntos y comas. Y lo sigo practicando, me encantan los puntos y coma, los dos puntos, me encantan esos golpes de efecto que dan al texto. En el estilo me gustan las frases largas. Las enumeraciones con tres elementos. Y los adjetivos. Sé que está fatal que lo diga un periodista, pero son tan pertinentes a veces…

En cuanto al fondo, a lo que quiero decir, creo que nunca se termina de encontrar del todo esa voz propia, pero pienso que se trata de no ser encasillable, de ser sorprendente, e incluso a veces sorprenderte a ti mismo. Que nadie pueda predecir la opinión que vas a tener acerca de una cosa, porque entonces ya estás dentro de una corriente. Es muy fácil en España, que es un país muy polarizado, estar dentro de una corriente, y creo que se trata de poder pensar por ti mismo, aunque eso te genere problemas incluso dentro de tu propio “bando”.

La voz propia, que es algo súper difícil de alcanzar, consiste en ser libre, en ser marginal y en ser un poco “francotirador”. No tener muchos ídolos. Mejor, ninguno. La voz propia nunca se alcanza desde el establishment ni bailándole el agua.

¿Sigues siendo tu más implacable hater?

Cada vez es más complicado, porque últimamente tengo muchos (risas). En persona no soy nada conflictiva, nada problemática; quiero abrazar a todos mis haters y tomarme un café con ellos. A mí en realidad no me importa que me critiquen, si eso significa que me han leído. Lo que no me gusta es que critiquen sin leer.

¿Cuánto hay de toda la poesía que has leído en tus columnas o en las noticias de cultura que escribes en ‘El Español’?

Pues hay un montón, y a veces es algo inconsciente. Yo leo un poema de Panero que tiene un golpe perfecto al final, o que tiene como un halo de desesperación, de ansia, de atropello, y luego quiero reproducir ese ritmo, sin copiarlo, en un texto que no tiene nada que ver con lo que decía Panero. Es esa música de fondo.

Además, a mí me gustan mucho las anécdotas literarias. Un día escribí una columna sobre la relación entre Idea Vilariño y Onetti, y creo que a través de estas anécdotas se puede explicar la vida. No solamente con la obra de los poetas, sino también con la vida de los poetas, porque el buen poeta, como Idea Vilariño, lleva la poesía también a su vida. No se queda solamente en el papel, ella era como un poema hecho carne. Entonces al final para mí la poesía está presente todo el rato, y ojalá lo estuviera más. Intento beber de gente que sabía vivir y sabía escribir.

¿Nunca te ha pasado que igual estás escribiendo un artículo para el periódico y al final dices, joder, igual me estoy viniendo un poco arriba con el toque poético?

Sí, sí, yo me vengo arriba con una frecuencia… Es que no puedo evitarlo, porque yo soy muy intensa (risas). Lo que me pasa es que se me nota mucho cuando algo me interesa y cuando no. Cuando me interesa lo cuento con toda la pasión, porque realmente la siento. Y cuando no me interesa demasiado puedo hacer casi un informe policial.

Con el tiempo voy aprendiendo a compaginar esa pasión con seguir dando información, porque al final al lector lo que le interesa es la información, no mis taquicardias.

Puede ser que al final ese toque poético que tu imprimes a lo que escribes se convierta en un factor diferencial que te distinga del resto.

¿Sabes qué pasa? La gente tiene miedo de la cursilería y yo lo entiendo, porque la cursilería es algo muy fácil, pero hay gente que critica la prosa poética simplemente porque no saben hacerla. La gente dice “no, esto es excesivo”, y yo digo: vale, pero, ¿tú podrías hacerlo excesivo? A lo mejor es que no.

Hay algo de frustración ahí, porque les da como vergüenza mostrarse en el texto, y al final el ser honesto con el lector también significa que éste pueda leerte la cara. Al menos ahora que tenemos claro que la objetividad no existe.

¿Qué es entonces la cursilería?

Parece que la cursilería es hablar de amor, pero a mí el amor me interesa muchísimo. El amor es la raíz, es el centro, es lo más inexplicable de la vida, lo que le da relieve. Creo que la gracia consiste en hablar de amor, pero sin ser fácil. Se puede hablar de cualquier cosa sin ser fácil, “sin ser un coñazo”, como decía Michi Panero.

Para mí la cursilería, o al menos así lo entiendo yo, es hablar de amor o de devociones como cualquiera puede hablar. Creo que hay que darle una vuelta para no caer en lo banal, en lo pretendidamente lacrimógeno. En esos poemas facilones que se publican ahora, en esos juegos de palabras ridículos. Hay que darle una vuelta, como eso que te dicen los jefes cuando les entregas un artículo.

No caer en la cursilería sería encontrar nuevas formas de expresar lo que se ha expresado mil veces, y de llegar cada vez más lejos en el patrimonio sentimental, que por suerte es laberíntico. Pasar de los lugares comunes. La cursilería es hacerlo mal.

Voy a preguntarte sobre feminismo, que es prácticamente sobre lo que más escribes. Literatura y feminismo son los temas que más tratas habitualmente. ¿Por qué crees que ahora el feminismo es un tema que genera tanta polémica entre la gente?

Yo me alegro de que genere polémica, porque esto quiere decir que importa y que está haciendo daño. Le duele a quienes temen perder sus privilegios, claro. Pues que se jodan y bailen. Al fin y al cabo se trata de eso, de chirriar hasta derribar. Es verdad que el feminismo se ha puesto de moda en el debate social, pero no es una moda, ni mucho menos: es un conflicto histórico.

El otro día me decía un compañero, al que aprecio mucho: “Lorena, ¡estás obsesionada con el feminismo!”. Yo le contesté: “¿y no estás tú obsesionado con la democracia?”. Lo estaría si viviésemos en una dictadura. Quiero decir, no puedes obviar algo que es tan estructural. Yo estoy obsesionada con el feminismo porque vivimos en una sociedad machista y el machismo me apela todos los días, atraviesa nuestra vida.

Sí que es cierto que el feminismo es un concepto que está de moda. Ahora vas al Pull & Bear y te compras una camiseta en la que pone “Feminism” en grande.

Es que el capitalismo se apodera de todo, hasta del feminismo.

Yo creo que esto es bueno, porque indica que es un tema del que se habla en la calle. Y obviamente sería peor si no fuera así, pero a lo mejor a veces se puede caer en banalizar demasiado el problema.

Por supuesto que es así. Pero, bueno, entre que haya camisetas y no las haya, prefiero que las haya. ¿Es una capa superficial del movimiento? Sí, pero al menos es una capa. Como estamos tan desesperados por hacer llegar el mensaje en realidad no tenemos que ser tan snobs con las plataformas en las que se expresa.

Yo les pregunto a casi todos mis entrevistados sobre feminismo, y no lo hago como clickbait, lo hago porque para mí es una preocupación sustancial. El machismo gobierna la vida de mujeres y hombres. ¿Cómo no vamos a hablar de ello?

¿Sientes presión al hablar sobre feminismo? Es decir, al ser un tema tan importante y tan polémico, ¿no vas con más cuidado cuando escribes sobre ello?

Yo creo que los periodistas tenemos todos mucha responsabilidad social. Todos. Pero no sólo con en el feminismo, sino con cualquier tema que entre dentro del debate social.

Está la presión de procurar ser profesional, no más. A mí me gusta la gente que escucha y se interesa, y se revisa, por eso intento no ser implacable con el tema del feminismo, porque creo que todos estamos aprendiendo. Todos somos machistas, yo también, el otro día me detecté un micromachismo. Creo que se trata de eso, de ser consciente, corregirlo y seguir avanzando. No soy implacable con los que están interesados en cambiar, claro. Ahí, didactismo. Pero contra los atrincherados en el falocentrismo hay que actuar sin delicadezas.

Desde fuera yo observo que dentro del movimiento feminista existen diferentes facciones, distintas corrientes.

Es como la izquierda, está partidísima (risas).

Sí, diferentes formas de afrontar el problema. ¿Crees que es bueno esta diversidad de opiniones o que sería más conveniente una mayor unidad?

Es muy complicado. Digo feminismo como la izquierda porque es verdad: ambos tienen muchas facciones. Sin embargo, el machismo es uno, igual que la derecha es una. Y lo son porque los dos pertenecen al orden establecido. El sistema es de derechas y es machista, aunque ojo, la izquierda también ha sido tradicionalmente machista. Me refiero a que tanto derecha como machismo están más unidos en sus respectivos bloques porque andan acojonados y bien monolíticos para no perder ni un milímetro de poder.

Me parece natural que haya diversidad de opiniones dentro del feminismo, y me gusta que las haya. Yo soy feminista radical, a favor de las cuotas, en contra de la gestación subrogada, abolicionista de la prostitución… voy con todo. Sin embargo no me entiendo con Barbijaputa, que es otra feminista radical. Y no nos entendemos porque ella es muy inclemente con cualquier error, y yo creo que lo estamos haciendo mal si vamos a utilizar el liderazgo ponzoñoso, como hacen los hombres machistas, para defender el feminismo.

En cualquier caso, creo que lo esencial lo tenemos en común. Simplemente son formas diferentes de afrontar el problema. Por ejemplo: las feministas liberales no creen en las cuotas y piensan que sólo con la educación vamos a llegar a la igualdad. Yo creo que confiarlo todo a la educación es demasiado ingenuo y, sobre todo, demasiado lento. Mira, el Ministerio de Educación y la OCD señalan que las mujeres son más brillantes que los hombres desde el colegio a la universidad, tienen mejores notas, menos fracaso escolar, etc. Pero hay un embudo laboral enorme y un techo de cristal terrible, por no hablar de la brecha salarial, y no llegan a puestos directivos ni representativos en el mundo de la cultura, por ejemplo, que es el que a mí me ocupa. Las Reales Academias, los carteles de cualquier festival financiado con dinero público… anchos campos de nabos. La ley de Igualdad 2007 se incumple sistemáticamente. Así que ante situaciones desiguales, respuestas desiguales. Eso es la justicia: cuotas femeninas para contrarrestar las cuotas masculinas, que son las que están instauradas socialmente. No les hacen falta ni leyes para mantenerlas.

En una columna que se llama Los hombres que no admiraban a las mujeres hablas sobre lo mucho que les cuesta a los escritores elogiar el trabajo de las mujeres, y sin embargo lo sencillo que les resulta admirar a autores de su mismo sexo. ¿Crees que esto es una de las principales causas que provoca que haya menos mujeres columnistas que hombres, y que además sean menos reconocidas?

Sí, por supuesto. Los hombres pueden reconocer que un texto firmado por una mujer está bien escrito, pero no sienten que sea una amenaza para ellos. Los hombres están compitiendo entre ellos, midiéndosela literaria e intelectualmente. Hay un libro muy interesante de Siri Hustvedt, que por cierto a ella la conocen por ser la mujer de Paul Auster, en el que habla sobre cómo cambia la percepción de un texto dependiendo de si está firmado por una mujer o por un hombre. El libro se llama La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, y en él se explica un estudio que revela cómo el mismo texto tiene mayor acogida si está firmado por un hombre que si está firmado por una mujer. Es como el efecto del realce de lo masculino, y esto es algo constante.

La voz pública o literaria de la mujer está más desacreditada, y además se transmiten unos tópicos tan ridículos… parece que ellos tienen que encargarse de los asuntos filosóficamente ambiciosos y que las mujeres vamos a debatir entre nosotras sobre lo que ellos consideran minucias femeninas, como la regla, la maternidad y el despecho -que es patrimonio de la humanidad, no nuestro, gracias-: “Vamos a comer helados que estamos tristísimas, coño”. No. Nos han infantilizado, nos han anclado en la novelita rosa y prefieren vernos como unas Bridget Jones eternas antes que como mujeres intelectualmente poderosas como Marina Garcés, Ana de Miguel, María Zambrano o Chantal Maillard.

La verdad es ésta: no estamos despechadas, no estamos tristes, estamos cabreadas. Y la regla y la maternidad son sustanciales para mujeres y hombres, otra cosa es que ellos nunca se hayan hecho cargo de lo que es dar vida, aunque los hijos también sean suyos. Además, tienen que entender que el universo femenino no es de exclusivo interés para las mujeres: nosotras llevamos toda la vida leyendo con atención a los hombres hablar de sus traumitas y sus taras, sus sueños y preocupaciones. Hola: pues aquí están los nuestros, que en muchos casos son más jugosos, precisamente por lo poco que se han expresado. Son nuevos, están casi por estrenar artísticamente. Y ellos llevan ya siglos con su matraca.

Las mujeres, que somos más lectoras que ellos, leemos a mujeres y hombres, pero ellos sólo leen a hombres. Ya basta de que nos sientan como un ámbito literario residual, ya basta de condescendencia. Siguen sintiéndose legitimados para escribir sobre nosotras, pero el hecho de que seamos nosotras las que escribamos les toca los huevos. El paso de la musa a la escritora, el paso del objeto literario al sujeto literario, les está dando muchos quebraderos de cabeza.

¿Qué es el columnismo cipotudo?

(Risas). Es una cosa muy graciosa, un artículo que hizo Iñigo Lomana para El Español donde hablaba de esta corriente liderada por Pérez-Reverte de la que él decía que beben Antonio Lucas, Jorge Bustos, Juan Tallón… a Juan Tallón lo metieron ahí y no entiendo por qué. Estuvo genial, Lomana, porque el concepto ha trascendido y ha llegado hasta al Congreso. Hasta ahora era una realidad sin cercar.

A mí no me parece desdeñable el columnismo cipotudo, entiendo que exista como reflejo social del hombre nostálgico y levemente maldito que queda con sus colegas para debatir de amores, fútbol, poesía, libros y sexo. Yo disfruto leyendo a algunos columnistas ciputudos, no creo que sea criminalizable, aunque hay mucho de pompa y ombliguismo, como en casi cualquier columna. Muchos ya se autodenominan así, por lo que los tiros de Lomana no estarán tan mal tirados. No sé si no han entendido la carga crítica del concepto o si se revuelcan en ella porque les gusta, lo que es más preocupante.

Mi posición es que como género, vale, pero la parte chunga del columnismo cipotudo es la cooptación, esa pequeña mafia que tiene como cetro un falo y que va sentando cátedra en el mundo cultural, este rollo del clan testosterónico que habla de mujeres pero no las escucha y, por supuesto, no las invita a pertenecer al club. Lo que decíamos: compiten entre ellos. Esa idea la rechazo frontalmente.

Con la convocatoria del II Congreso de Columnistas de León se originó una polémica porque, en un principio, no invitaron a ninguna mujer columnista, aunque después de las quejas rectificaron y llamaron a mujeres. ¿En algún momento contactaron contigo para invitarte?

No, no, pero tampoco pretendo que me llamen, porque yo no me considero columnista. Me considero periodista, una periodista que a veces hace columnas.

Yo nunca deseé que me invitaran, lo que si pedí es que invitaran a mujeres que escriben columnas en prensa regularmente. ¿Cómo no vieron eso? Me parece tan flagrante plantar un cartel sin una sola mujer… Es como si hago yo un congreso de columnismo y pongo un primer cartel solo con mujeres; es lógico que alguien me dijera “oye, ¿y dónde están los hombres?”.

Además, la actitud de después… como diciendo “eh, que las teníamos guardadas, no vayáis de listas”. A mí me consta que cuando se lio la polémica sonaron muchos teléfonos que no habían sonado antes, y muchas mujeres que no habían sido invitadas previamente accedieron a ir para llenar los huecos. Pero esto fue a posteriori, una vez cometido el error de no invitarlas primero. Lo que hablábamos. Como estaba organizado por hombres, pues invitan a los que ellos leen, a sus compadres. Y eso que estaba financiado con dinero público, no era una fiesta privada. En sus verbenas íntimas que hagan lo que quieran, pero con el dinero de todos, cuidado.

¿Crees que las mujeres que escriben en prensa siguen en la misma posición en la que estaban, por ejemplo, hace 25 años?

No, por suerte no sigue igual que hace 25 años. Pero vamos, queda muchísimo trabajo por hacer. Este tipo de polémicas virales sirven para bien, porque la próxima vez que hagan un cartel a lo mejor se lo van a pensar más. El primer día del evento, el Congreso de Columnismo se hizo trending topic, y no precisamente por sus ponentes, sino por la rebelión de mujeres que estaban recomendando a otras articulistas. Fue un golpe sobre la mesa muy necesario, y no será el último.

Aquí estamos hablando de lectores y yo, como lectora, adoro a los hombres y quiero leer a hombres, pero también quiero leer a mujeres. Además, es que te estás perdiendo la mitad de la realidad si no lees, si no escuchas, la mirada femenina. Nos están vendiendo un mundo adulterado, un cuento falso.

En tu columna Cuando fui un trozo de carne en un Congreso de columnismo comentas que un periodista de El Mundo escribió en su columna sobre cómo unos alumnos de primero de carrera le confesaron que “se habían matriculado en periodismo sólo porque estabas buena”. Textualmente dices: “También dudé mucho sobre si se hubiese referido en esos términos a una compañera consolidada, madura, que llevase toda la vida escribiendo en prensa y tuviese ya edificada una firma. Supongo que no, porque el machismo es cuestión de poder y baraja también con quién medirse en público. Entiendo que es más fácil mofarse de una don nadie como yo, que entonces llevaba tres meses en El Español: ésta es la lógica de la cobardía”. ¿Sientes que ser mujer y además joven es una doble oportunidad para que se te trate con menos respeto dentro de la profesión?

Bueno, por supuesto. Entre los hombres también estáis más desacreditados los más jóvenes, porque como decía ahí, el machismo va de comerse al más débil, y esta sociedad es gerontofílica. No sé cuántos años tenemos que tener para convertirnos en voces medianamente autorizadas. ¿Hay que estar al borde de la muerte para que se te respete? Yo digo que la experiencia es un valor, sí, pero la juventud es otro, y yo como mujer padezco esas dos miradas discriminatorias: ah, eres chica y eres joven, pues entonces no tienes ni idea. Es como “tía, cállate”, y yo precisamente por eso no me voy a callar.

Estoy segura de que Ricardo F. Colmenero, el autor de esa columna, jamás la hubiese escrito así hablando de Elvira Lindo o de Rosa Montero. Pero era muy fácil mofarse de una “chavala” que acababa de empezar. A ver si se enteran de que tratar en esos términos a la directora de un periódico o a una becaria es exactamente lo mismo: machismo. ¿O es que encima había ahí machismo y clasismo? Porque entonces no acabamos.

De esa columna también me gusta mucho la parte final, que dice así: “La universalidad. Qué deseo. A eso hay que aspirar, y no a convertirnos -las mujeres- en una sección de literatura femenina en las librerías ni en una puta revista dominical sobre cocina, hijos y belleza. Hay que guerrear por la universalidad. La vida es una y a todos nos incumbe por igual. Los estilos son libres, o eso pretendo, ahora que las niñas ya no tenemos que ponernos corsé ni dejar las subordinadas para los machos. También Virginia Woolf se despedía así en su ensayo Una habitación propia, buscando la androginia al redactar, la indistinción del género. Como ese Shakespeare que escribía más allá del sexo, rayano en lo absoluto. Sólo como ser humano. Pero bueno, ¿qué más hay?”. ¿Tú cuando escribes buscas eso, escribir más allá del género?

Es a lo que hay que aspirar, pero ahora mismo creo que es importante ser muy consciente de la mirada femenina. ¿Por qué? Porque hay que hacer contrapeso. Es decir, ahora mismo no puedo escribir sin género porque el debate social pide que sea consciente de mi género y que le de voz. No puedo girar la cabeza ante eso.

Pensamos, por ejemplo, que Hemingway o Carver son autores muy masculinos porque utilizan frases cortas, frías y contundentes, pero es que hay mujeres que también escriben con frialdad. En la literatura, en la ficción, nadie es hombre y nadie es mujer, sólo hay historias, que además pueden ser contadas de diferentes maneras. Siri Hudsvet decía que ella vive con muchos personajes masculinos dentro, y yo siento algo parecido. El resto son sólo estereotipos, que son absurdos. Un buen lector tiene que saber librarse de todo eso para ver la historia.

¿Cómo es eso de ser consciente de escribir con género?

Me refiero a que escribo desde mi posición de mujer porque creo que ahora mismo es importante. Sobre todo en la no ficción, que es donde yo trabajo. Si viviese en una sociedad igualitaria podría olvidarme de eso y decir que sólo escribo como ser humano, pero es que ahora mismo hacerlo sería injusto. Hay mucho que pelear y no podemos ser equidistantes.

“Hay que escribir de pie, nunca de rodillas”. Es lo que pone en tu biografía de Twitter.

Sí, cuando llegué a El Español le hice un obituario a un escritor francés, Michel Tournier, y leí que había dicho esa preciosidad. Se trata de escribir con dignidad, de no rendirte ante las influencias externas, que es una cosa muy fácil. Se trata de mirar al otro con horizontalidad, sin reverencia y también sin superioridad. Ser honesto, aunque cueste mucho trabajo.

Hablaba con un amigo mío de cómo hacer una buena columna, y yo le dije “creo que el columnismo es atreverse”. Al final es cuestión de ir rompiendo nuestros propios tabúes y acabar mostrándonos en la columna. Eso de no ser pronosticable y dar ese paso de decir lo incómodo, de darle esa vuelta de tuerca para tocar los huevos, aunque en este país se te condene al ostracismo por ello. Oye, pues culpa de España, que no valora la integridad. Ella sabrá. De la censura venimos y a la censura vamos.

Lo decía también creo que Paco de Lucía: “Hay que hacer cosas para molestar. Molestar es muy necesario. Si no, somos molestados solamente. Y eso no puede ser”.

 

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