Aixa de la Cruz: “Lo único que yo quería abandonar era lo femenino”

Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) publica Cambiar de idea (Caballo de Troya, 2019), un libro que mezcla ficción, memorias y ensayo y en el que se abordan temas como la misoginia, la conducta sexual o los recuerdos del pasado.

¿Cómo categorizarías ‘Cambiar de idea’? ¿Novela, crónica, ensayo, memorias…?

La verdad es que difícil de calificar. De hecho, algo que me gusta del libro es que sea difícil caracterizarlo dentro de géneros. Inicialmente sí que parte de una propuesta de autoficción más o menos clásica. Es decir: son unas memorias en las que necesariamente se acaba mezclando realidad con ficción.

Creo que la autobiografía pura es imposible. Siempre que intentamos interactuar con la experiencia se pierde muchísimo. La mera propuesta de estilo, por ejemplo, ya hace que los hechos se maleen.

Así que sí, inicialmente parte siendo una autoficción, pero a medida que el libro evoluciona se va convirtiendo en un “autoensayo”. La experiencia deja de estar tan en el centro y se vuelve en un pretexto para la elucubración, más o menos teórica o más o menos ensayística, para reflexionar sobre diversos temas sociales. Y esto se va acrecentando más según el libro avanza. Así que sería una cosa híbrida entre la autoficción y el ensayo.

Uno de los aspectos que más me llamó la atención es la forma que tienes de exponerte de manera tan explícita. Pensamientos, acciones, incluso dar nombres propios de otras personas… No sé si para ti esto llegó a ser un problema en algún momento.

Bueno, sin duda este era el riesgo principal, pero era un riesgo que yo quería correr. El texto lo escribí casi en su totalidad a finales de 2017, que es un periodo que coincide en el tiempo con la popularización del hastag #Metoo y la forma en que, al menos en mi vida cotidiana, empezó a tener mucha presencia los testimonios en primera persona de mujeres que se atrevían a narrar sus experiencias de violencia sexual.

Cuando tú tratas con honestidad un relato y dices “me ha pasado esto”, de manera espontánea, y casi por inercia, se genera un debate en el que te devuelven la pelota. La honestidad, de alguna manera, se paga con honestidad. Y en este texto había una voluntad de devolverles el regalo que había supuesto para mí escuchas a estas mujeres. Quería devolver el gesto siendo absolutamente honesta con respecto a mí experiencia, tanto como víctima como a veces de verdugo.

Uno de los temas que más presente está en tu obra es la culpa. De hecho, has dicho que la culpa fue lo que te condujo a escribir ‘Cambiar de idea’. ¿Qué es para ti la culpa y cómo crees que puede expiarse? ¿Cómo relacionas tú el sentimiento de culpa y la necesidad de escribir este libro?

La verdad que este libro es el resultado de haber depurado un texto muchísimo más largo que existió anteriormente, y en el que de una manera explícita me planteaba, de alguna manera, hacer una especie de registro de las pequeñas o grandes culpas que me atenazaban. Y, bueno, todo esto en el libro sí que aparece. Todas estas experiencias en las que yo me sentía copartícipe de los abusos de los demás por haber callado o por no haber denunciado.

¿Por qué esa necesidad de ser juzgada por terceros?

Es cierto que la culpa fue el motor inicial que me condujo a escribir ‘Cambiar de idea’, pero también creo que al final termino dejando la culpa atrás. Cuando nos vemos en planos de violencia que tienen un claro origen estructural, la culpa individual no sirve para nada. Incluso diría que me parece un poco corta de miras.

Esto no significa que no tengamos nada de responsabilidad individual, no propongo eso, pero si nos quedamos en el “yo”, en la culpa personal, cuando los orígenes de las violencias tienen un componente estructural, nos estamos quedando ciegos.

En este libro creo que hay una voluntad de, más que darme con el látigo a mí misma, narrar el proceso por el que yo he pasado. Decir: “esto es lo que yo he descubierto analizándome”. He sido injusta conmigo misma en algunas ocasiones, sí, pero creo que de todo ello termina saliendo algo positivo.

En un momento del libro hablas de la inexistencia de fronteras entre crónica, memorias, autoficción y ficción. Y dices que “escribir es recordar y recordar es siempre un acto imaginativo”. ¿Puedes desarrollar un poco esta idea?

Esta es una de mis obsesiones. Es un asunto que también trate en la novela ‘La línea del frente’, un libro que trata precisamente sobre eso, sobre cómo rellenamos las lagunas de nuestra memoria con la información que nos dan hasta que construimos un relato que no tiene porqué ser veraz para que funcione, sino que únicamente tiene que ser coherente.

No estoy a favor del relativismo absoluto al que este tipo de ideas nos pueden conducir. Es decir, no digo que no haya diferencias entre veracidad y falsedad, pero en el plano de la literatura (e incluso de la Historia) sí que me parece importante conocer esto. Los propios mecanismos de la escritura te obligan a ello: al final escribir es seleccionar, es sesgar.

En el libro, por ejemplo, aparecen historias reales pero transformadas, para que la gente que las protagoniza no se viera expuesta. Esto creo que ocurre en muchos ámbitos. Ocurre con la memoria personal, con la memoria colectiva…El propio acto de traducir los hechos puros en un relato ya implica que se pierden cosas.

Has escrito novelas, relatos y ahora esta especie de ficción autobiográfica/ensayo autobiográfico. ¿Con qué genero te encuentras más cómoda?

La verdad es que estoy muy contenta con este libro porque para mí supone un hallazgo personal importante. Por primera vez estoy cómoda tanto con la voz como con la propuesta. Escribiendo ficción siempre me he sentido algo así como una farsante, no terminaba por sentirme cómoda del todo.

A mí me gusta mucho la academia, la teoría, y la ficción no casa bien con la teoría. A no ser que seas Borges, si intentas mezclar ambas cosas acaban quedando propuestas muy oscuras o muy pedantes. Al final de esta novela tiene lugar algo, esta especie de mezcla entre el ensayo y la autobiografía, que me interesa mucho, y la verdad es que creo que me voy a quedar aquí.

O sea que crees que el ensayo, o un texto más teórico, por así decirlo, te encaja más con lo que tú quieres hacer

Sí, exacto, me interesa mucho el ensayo, pero el ensayo en el que la figura del yo, la subjetividad, tiene una importancia vital. Un ejemplo de esto es Paul B. Preciado, que ha intentado que en sus ensayos se muestre que el texto parte siempre de un sujeto situado, con todos sus sesgos e influencias.

Me interesa mucho eso, me interesa escribir ensayo, pero remarcando todo el rato que no tengo una voz pasiva que pertenece a alguien, sino que la voz es mía, que si escribo sobre algo es porque yo tengo un dolor particular detrás de esa preocupación, y que por tanto no es gratuito partir de lo biográfico para disertar sobre algo. Me parece que esta forma, de hecho, es la única forma honesta de hacer pensamiento

De tu periodo viviendo en México, cuando tenías 19 años, escribes: “por aquel entonces no me consideraba feminista. Ni siquiera me gustaba ser mujer. Mujer era un partido que no representaba mis valores.” ¿Cuál era tu partido entonces y cuál es ahora?

Bueno, en México viví cuando era muy, muy joven. Es complicado…sigo pensando que mujer no es nada, que la etiqueta de mujer representa únicamente el nombre que se le pone a nuestra opresión. A mí lo que me molestaba mucho del feminismo, en sus orígenes, era esa vocación como de asentar en una realidad sólida la idea de mujer.

Siempre era como “las mujeres somos…”, y yo pensaba: “pero por qué tienen que hablar en mi nombre, yo no soy mujer, yo no quiero formar parte de esta herida”. Cuando me di cuenta de que ser mujer es pertenecer a un grupo oprimido, nada más esencial que eso, yo me quería rebelar contra ello sin haber entendido muy bien la genealogía de la que proviene todo el asunto.

Y bueno, como cuento en el libro, me he ido moviendo paulatinamente desde la idea de “todo lo que asocia con lo femenino es algo que hay que romper, son los moldes que nos ha impuesto el poder” a acabar entendiendo que lo femenino es algo que está proscrito y que nos ayudaría socialmente a mejorar muchísimo.

Soy mujer, pero he sido muy poco femenina, y ahora estoy aprendiendo a reconciliarme con estos valores que han sido tan denostados por ser considerados femeninos pero que esencialmente no tienen nada de negativos.

En el libro mencionas ‘Testo yonki’ de Paul B. Preciado, a Virgine Despentes y a Judith Butler… ¿Cómo ha sido tu relación con las teorías feministas y queer a lo largo de los años? ¿qué filósofas y teóricas destacarías?

A finales de mi adolescencia y principios de la veintena, cuando empecé a leer textos feministas, conecté mucho más con la teoría queer porque se centra mucho más en deconstruir categorías. Como por ejemplo la categoría “mujer”, en la que ya digo que no me sentía nada cómoda.

Pero con el paso del tiempo me di cuenta de que había leído a estas filósofas de una forma que no era correcta del todo. La teoría queer, de alguna manera, me ayudó pensar sobre cómo lo masculino era necesariamente lo universal, lo positivo, y que lo único a deconstruir era lo femenino. Lo único que yo quería abandonar era lo femenino.

Pero últimamente he sufrido una especie de “vuelta al cuerpo”, porque esta idea de negar todas las categorías relacionadas con “mujer” y “hombre” me había conducido a negar un poco lo corpóreo. Me interesa mucho esa idea de la vuelta al cuerpo, es decir, legitimar e indicar todo aquello que es corpóreo. En fin, que me he movido de entender que mujer no era nada, y por tanto sentirme cómoda en una especie de utopía sin género, a poco a poco volver más a lo real, a lo palpable.

¿Y en qué momento, si puedes establecerlo en una línea cronológica, modificas tus ideas relacionadas con estos asuntos?

Pues es difícil señalar una fecha concreta en el tiempo, pero el proceso de cambio más radical que he tenido tuvo lugar en 2017, a raíz de todos los testimonios que salieron como consecuencia del #Metoo, y también con el modo que a nivel social se recibió el juicio de La Manada, con los discursos que se escuchaban en la opinión pública durante aquellos meses.

Con el caso de La Manada, por ejemplo, me di cuenta de lo importante que es el cuerpo de una mujer, y esa imagen fue importante para dejar lo teórico y lo etéreo y regresar a lo real, por decirlo así.

En una parte del libro dices: “a las primeras feministas se las impuso un canon en el que jamás hallaron su voz”. ¿Cuál fue ese canon?

Me refiero a que el canon occidental es un canon masculino y, por tanto, todos hemos estudiado literatura en relación a estas grandes e incuestionables figuras, que siempre eran voces masculinas. Y, por tanto, la idea de no hallar tu subjetividad representada en los grandes moldes, en los grandes ejemplos, genera un sentimiento de inferioridad enorme y también una incapacidad para buscar modelos legítimos.

Escribir es siempre dialogar con el pasado, con los que estuvieron antes que tú, y este pasado con el que dialogar de tú a tú nunca estuvo en el caso de las mujeres.

Otra cita del libro: “El avatar de hombre es el traje nuevo del emperador, o el plumaje de los pavos reales: gestos aprendidos que se perciben como talento y que, en su ausencia, lo suplen”. ¿Cuáles son esos gestos que suplen al talento real?

En contextos públicos, de prestigio, diría por ejemplo la capacidad para alzar la voz y liderar una conversación y hablar durante minutos y minutos sin ser interrumpido, y además no sentir pudor al hacerlo.

Con los años he descubierto que hablo muy rápido y de forma muy precipitada, y esto es algo que también veo mucho en otras mujeres. Creo que esto sucede porque no estamos acostumbradas a que nos den la palabra, y cuando se nos da, como sabemos que debemos aprovechar la situación al máximo, no hacemos un uso sosegado del espacio conversacional. Todo esto tiene mucho que ver con haber sido educado en un género o en otro.

 “Nada me asusta más que la genealogía de mis prácticas sexuales”, escribes también en el libro. ¿Cómo es ese “enfrentamiento” entre teoría y deseo?

Ante este tipo de cuestiones siempre pienso en un texto que escribió Gabriela Wiener para ‘eldiario.es’ que me golpeó muchísimo y que me pareció perfecto. En ese artículo Wiener contaba cómo había estado charlando con amigas sobre experiencias de violencia sexual y de qué manera algunas de ellas, que habían sido víctimas de violación, precisamente por culpa de ello se habían pasado toda la vida excitándose con imágenes de violencia. Una de las manifestaciones más crueles del trauma sexual es ese: la manera en que lo que te victimiza al final acaba construyendo tu propio deseo.

Y esto pasa a diferentes niveles. En las fantasías sexuales de todos, por mucho que a nivel teórico hayamos sido capaces de entender lo que significan ciertas imágenes pornográficas o ciertas fantasías, hemos acabado construyéndonos como sujetos a través de ellas, y una deconstrucción completa de la identidad es imposible. Las contradicciones persisten y en muchas ocasiones son dolorosas, pero tampoco creo que haya que hacer demasiada sangre de ello.

¿Crees que, como autora, perteneces a una generación? Es decir, si eres capaz de situarte en una generación de autores y autoras nacidos a mediados y finales de los ochenta y comienzos de los 90. En caso de que esta generación exista, ¿cómo la describirías?

La verdad es que el tema de las generaciones es siempre complejo, y no sé si tienen en realidad mucho sentido. No sé si son inventos de marketing, si no lo son…En cualquier caso, lo que puedo decir es que por primera vez me siento profundamente honrada de que pongan mi nombre junto a otros nombres de esa generación en particular. Me siento honrada de que se me compare con Cristina Morales, con Sabina Urraca o con Luna Miguel. Son autoras a las que admiro, a las que leo y las que creo que están proponiendo las cosas más interesantes que últimamente estoy leyendo.

Más allá de eso, veo algunos puntos en común e hilos conductores, pero en general me parece un tema difícil porque es complicado establecer vínculos.

De cara al futuro, ¿tienes algún proyecto literario ya en mente o estás trabajando en algo?

Bueno, pues mi proyecto se llama Noa y va a nacer a principios de mayo, con eso ya tengo novela para un par de años (risas). Hablando en serio, en general soy muy ansiosa con mi producción, siempre que estoy presentando un libro estoy pensando ya en el siguiente. Pero esta es la primera vez que no me pasa, lo que me parece buena señal. Tengo ganas de callarme y es algo me parece positivo, porque siempre escribo cuando quiero decir algo. Por primera vez me he quedado tranquila, me he expresado como quería y he soltado muchas cosas que me hacían falta decir.

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