Óscar Vilarroya: “Conocernos a nosotros mismos es difícil porque gran parte de lo que nos ocurre es inconsciente”

Óscar Vilarroya es investigador y profesor de Neurociencia en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su nuevo libro lleva por título Somos lo que nos contamos: cómo los relatos construyen el mundo en que vivimos (Ariel, 2019), y en él el autor trata adentrarse en los mecanismos de nuestro cerebro para terminar confeccionando una conclusión determinante: somos seres profundamente narrativos.

“A estas alturas, todos sabemos que el pasado no existe, que la historia no existe, que dios ha muerto y que la vida es una mala novela con final previsible que se vende demasiado cara en entregas desordenadas e incompletas; que sobre el pasado sólo conocemos la sombra de la sombra de una mentira porque lo único que el pasado ha dejado al presente son sus rutinas y sus documentos […] Sabemos también que cualquiera que hable del pasado miente, porque para contar el pasado con cierta fidelidad haría falta repetir el pasado y eso no es posible porque repetir el pasado punto por punto no sería repetirlo sino representarlo y representar es mentir, y porque nadie tiene suficiente presupuesto ni decorados lo bastante grandes. Todo texto, todo es ficción, todo es literatura (menos la literatura)”.

Esta es una cita de Santi Pérez Isasi, escritor y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto. Pero es una cita que encaja a la perfección con el tema del ensayo de Vilarroya, Somos lo que nos contamos: cómo los relatos construyen el mundo en que vivimos.

Al comienzo del libro Vilarroya escribe: “Narrar es parte integral de nuestra naturaleza y construye la realidad en la que vivimos. Las cosas que habitan nuestra realidad, sus características, la manera de organizarlas y de clasificarlas, las acciones que esas cosas pueden hacer y padecer, las relaciones entre ellas, todo está determinado por las historias que nos hemos contado. Somos, de alguna manera, las historias que nos contamos, y no es posible comprendernos (ni persuadirnos) sin conocer también cómo nos contamos historias”.

El relato primordial, unidad básica y punto de inflexión

Los seres humanos no seríamos lo que hoy somos de no ser por nuestra capacidad narrativa. Incluso es probable que ni siquiera hubiéramos llegado hasta el Homo sapiens, sino que nos habríamos quedado estancados en un estado cerebral similar al de los chimpancés o los gorilas.

Vilarroya habla del “relato primordial” como la forma básica y original del relato. Él mismo la define como “una estructura mental que apareció en algún momento de nuestro pasado, cuando todavía no teníamos un lenguaje complejo como el que ahora tenemos. En este sentido, el relato primordial busca en lo que tenemos a nuestro alrededor una explicación de por qué ocurre lo que ocurre en nuestro entorno o a nosotros mismos”.

Portada del libro de Vilarroya. (Fuente: Grupo Planeta).

¿Cuándo desarrollan los homíninos (nosotros, los seres humanos, primates homínidos caracterizados por la postura erguida y la locomoción bípeda) la capacidad para construir relatos? A esta cuestión Vilarroya responde argumentado que “no podemos saberlo con exactitud, pero probablemente ocurrió incluso antes del Homo sapiens. Lo que sabemos de nuestros antepasados es que construyeron instrumentos, armas, herramientas o que utilizaron elementos simbólicos. Todo esto nos indica que, probablemente, esta forma de explicarnos las cosas apareció hace un millón y medio de años, más o menos”.

“En el cerebro aún no hemos hallado zonas o circuitos que estén dedicados exclusivamente a la narratividad, pero lo que hemos visto es que el cerebro ha evolucionado brutalmente en los últimos cinco millones de años”, asegura el profesor de la UAB.

Este fenómeno, el del rápido desarrollo cerebral de los homíninos, es sorprendente y todavía un misterio para los científicos. “En los últimos cinco millones de años hemos ganado un volumen de un litro de tejido cerebral. Los chimpancés, por ejemplo, de los que nos separamos en la línea evolutiva hace unos 6 millones de años, no se han desarrollado de la misma forma. La parte frontal de nuestro cerebro se ha desarrollado muchísimo en estos últimos millones de años. Esta es la parte del cerebro relacionada con la interacción social, y es precisamente en la interacción social donde vemos que el impulso narrativo es más efectivo, donde sirve para más cosas”, relata el autor de Somos lo que nos contamos.

Además, Vilarroya explica que “probablemente, este crecimiento cerebral tiene relación con nuestra desarrollada capacidad social. La complejidad de la interacción social se beneficia de una construcción narrativa de la existencia que practicamos desde que somos niños”.

Identificar la causa de un problema

En el libro, Vilarroya comenta que algunos investigadores han argumentado que lo que verdaderamente nos diferencia de los demás primates inteligentes es el razonamiento basado en identificar la causa de las cosas. Pero, ¿cómo identificamos los seres humanos esas causas?

“Es una pregunta muy interesante a la que filósofos, psicólogos y neurocientíficos han intentado dar respuesta. Hume dijo que hay aspectos muy particulares que intervienen en la explicación de las causas de las cosas. Por ejemplo, tenemos mecanismos que relacionan todas aquellas situaciones o eventos ligados íntimamente en el tiempo y en el espacio. Todo aquello que se produce de manera contigua nos induce a pensar que una situación es la causa de otra. Y así, hay otros mecanismos similares que utilizamos de manera intuitiva para identificar las causas de las cosas”, describe Vilarroya.

El principio de causalidad antes y después de Hume (Fuente: José Ramón Gómez).

El problema viene más tarde, cuando no somos capaces de identificar la causa. “En el momento en el que no reconocemos la causa, nos la inventamos. A esto podríamos llamarlo ‘pensamiento mágico’. Los seres humanos, como narradores, tenemos serios problemas a la hora de aceptar que no hay causa definida para algo. Si no la percibimos, si no la intuimos, entonces nos la inventamos”.

¿Por qué nos cuesta tanto admitir que desconocemos la causa de una situación, que no tenemos respuesta para todas las preguntas? “Porque nuestra pulsión narrativa”, contesta Vilarroya, “ha sido tan potente, ha sido tan adaptativa, interviene en tantos aspectos de nuestra vida, que uno de sus mecanismos es que tenemos que concluir un relato para poder seguir adelante. No somos capaces de dejar en suspenso una explicación, e incluso no dar respuesta a las situaciones nos produce una sensación de malestar, tanto mental como físico. La biología nos ha enseñado que el cerebro es mucho más chapucero de lo que nos gustaría creer”.

En la mayoría de ocasiones, nuestro cerebro rechaza el razonamiento lógico y abraza otras formas de reflexión, como el conocimiento heurístico, que funciona gracias a la intuición, aplicando la fórmula, según Óscar Vilarroya, del famoso refrán: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

“Este tipo de reglas intuitivas, no lógicas, las seguimos porque aplicarlas nos han proporcionado muchos beneficios en el pasado. En situaciones de crisis, en las que tenemos que decidir algo de vida o muerte, estas reglas son muy rápidas y automáticas, y en la mayor parte de las ocasiones funcionan adecuadamente. Después, estas reglas más intuitivas las completamos con argumentos más racionales que nos permiten mejorar y adecuar nuestros procesos de razonamiento”, cuenta el autor.

En un momento de Somos lo que contamos Vilarroya escribe: “creer que es posible conocer el origen y los mecanismos que producen nuestros pensamientos, deseos y emociones es, probablemente, una ilusión”. ¿Cómo de complejo es saber lo que nos ocurre internamente? “Conocernos a nosotros mismos es muy difícil porque gran parte de lo que nos sucede es inconsciente. Es decir, que se construye en un lenguaje de estructuras químicas y bioquímicas”, responde el autor.

Entonces, ¿estamos totalmente condicionados por la física y la química de nuestro cuerpo? “Bueno, no todo se reduce a la química, porque hay que tener en cuenta que esa química se relaciona con algo aún más complejo: las emociones, los sentimientos o las relaciones sociales. Es cierto que muchos de los sentimientos y emociones que experimentamos tienen su origen en aspectos metabólicos, bioquímicos, pero el origen, el mecanismo fisiológico específico, todavía no tenemos acceso a él”, contesta Vilarroya.

“Muchas veces queremos atribuir explicaciones a situaciones que no la tienen. Tenemos que aprender a convivir con ello. Las personas con mayor calidad de vida psicológica son aquellas que articulan mejor sus deseos, sus conductas y decisiones. Las personas que aprenden a convivir y dirigir correctamente esas pulsiones hacia unos objetivos son las que consiguen mejor calidad de vida. Y es posible aprender a reconocer esas pulsiones y tomar las decisiones más adecuadas en consecuencia”, concluye.

Reportaje publicado para el número 107 (mayo de 2019) de la revista UNIVERSO. La revista UNIVERSO es una publicación de Grupo Social ONCE, y sólo tienen acceso a ella los socios de la ONCE.

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